Durante años hemos debatido sobre productividad, competitividad, innovación, emprendimiento o atracción de inversión. Son discusiones necesarias. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos si contamos con modelos empresariales capaces de responder a los desafíos que hoy determinan el desarrollo.
Rara vez nos detenemos a pensar si Colombia cuenta con el tipo de empresas que requiere para afrontar los desafíos del siglo XXI. Quizá esa sea una de las preguntas más importantes —y menos discutidas— de nuestra agenda económica. Quizás el problema es que seguimos pensando el desarrollo con un concepto demasiado estrecho de empresa.
El mundo está respondiendo a esa pregunta ampliando su manera de entender la empresa. Las estrategias de desarrollo más innovadoras coinciden en que la competitividad no depende únicamente del capital, la escala o la tecnología. Factores como la confianza, la cooperación, la solidaridad económica, la innovación social, la sostenibilidad, la participación de las personas y el arraigo con los territorios se han convertido en activos estratégicos para crear valor común, compartido, colectivo y construir economías más resilientes y productivas.

En ese contexto adquiere una nueva dimensión el modelo de empresa cooperativa, que en Colombia continúa siendo interpretado desde categorías del pasado.
Las cooperativas deben entenderse como una respuesta empresarial a muchos de los retos que hoy enfrenta el país. Mientras buena parte del mundo amplía su concepto de empresa para responder a las nuevas realidades económicas, en Colombia el cooperativismo continúa asociado, casi exclusivamente, a su dimensión social. Esa mirada deja en un segundo plano su potencial como instrumento de desarrollo productivo.
Las cooperativas representan mucho más que una forma jurídica de organización empresarial. Son empresas de la gente. Porque pertenecen colectivamente a sus asociados, pero, sobre todo, porque ponen al ser humano en el centro de sus preocupaciones, de la economía y del desarrollo sostenible, priorizando el bienestar colectivo sobre la maximización del lucro individual. Empresas donde las personas son su esencia y su razón de ser.
Esa diferencia transforma la manera en que se gobierna, se invierte, se innova y se distribuye el valor -social, cultural, ambiental, económico- que genera la empresa, así como la manera en que se construyen relaciones sólidas y de largo plazo con los territorios.
Esta forma distinta de gestionar una empresa cobra especial importancia en un momento en que Colombia necesita fortalecer el tejido empresarial local y regional e impulsar nuevos motores de crecimiento en sectores como la producción agroalimentaria, la transición energética, la economía del cuidado, el turismo sostenible, la vivienda, los servicios financieros, la economía circular y las plataformas digitales.
Las cooperativas siguen resolviendo las necesidades de la gente en el siglo XXI, porque su poder radica en transformar problemas colectivos en soluciones empresariales sostenibles.
Hoy el desafío consiste en desarrollar más y mejores cooperativas, capaces de liderar sectores estratégicos: más productivas, más innovadoras, más integradas en circuitos económicos y cadenas de valor, más tecnológicas y con mejores capacidades, sin renunciar a su identidad ni perder aquello que las hace distintas.
Ese cambio de enfoque no es menor. Significa pasar de una política de promoción cooperativa a una política de desarrollo empresarial cooperativo. Significa ampliar las capacidades productivas del país mediante empresas que combinan productividad con propósito social, compromiso territorial con inclusión, innovación con participación, democratización de la propiedad y crecimiento con generación de valor compartido, todo lo cual apunta hacia el bien común.
Las cooperativas representan una de las expresiones más sólidas de innovación social y de una forma de hacer empresa capaz de generar simultáneamente eficiencia, cohesión social, bienestar colectivo y sostenibilidad, en atención a que ponen a las personas y su bienestar en el centro de las decisiones económicas.
Su principal fortaleza radica en la forma como crean valor. Mientras muchas organizaciones consideran a las personas un factor más de producción, las cooperativas crean valor desde su principal activo: el asociado. Así se originan relaciones de largo plazo, mayores niveles de compromiso, mejor conocimiento de los territorios y una visión empresarial que trasciende los ciclos de corto plazo, que hoy constituye una ventaja competitiva para cualquier economía.
Naturalmente, el movimiento cooperativo también tiene responsabilidades. Debe acelerar su transformación digital, fortalecer el gobierno cooperativo, promover la integración económica entre cooperativas y consolidar una cultura permanente de innovación. La corresponsabilidad intergeneracional exige una apuesta decidida por más cooperativas de jóvenes y más jóvenes en las cooperativas.
La cuestión de fondo, entonces, no es si las cooperativas tienen un lugar en la economía colombiana. Lo verdaderamente relevante es responder ¿qué puede aportar el desarrollo socio-empresarial cooperativo a la estrategia de crecimiento de Colombia?
Tal vez haya llegado el momento de mirar a las cooperativas desde una nueva narrativa; desde la perspectiva de una política de desarrollo, como una expresión contemporánea -socioeconómica- de la empresa.
Fortalecer las cooperativas significa, ampliar las capacidades productivas del país, diversificar las formas de crear riqueza y construir una economía más competitiva, más resiliente, más solidaria y más incluyente. Una economía más humana.
Tal vez haya llegado el momento de cambiar la conversación.
El desafío consiste en incorporar más economía cooperativa a la estrategia de desarrollo de Colombia. Es reconocer otras formas de hacer empresa, para abordar con mayor capacidad e impacto los desafíos contemporáneos.
Carlos Ernesto Acero Sánchez
Presidente Ejecutivo – Confederación de Cooperativas de Colombia – Confecoop






Fuente: Aliadas – Alianza de Asociaciones y Gremios